Escribir esta carta no es fácil, aunque su único motivo sea contar las razones que me llevaron a tomar esta decisión; y quién mejor que yo para hacerlo.
Ahora estoy sentado, en calma. Calma es una forma de llamar al estado en el que vivo hace años ya, aunque no se ajuste a la definición propia de ‘calma’.
Me rodean el silencio y el desierto de mi habitación. De vez en cuando vibra algún pensamiento, pero ya sin fuerza. Ya sin vida. Todo está terminado, y saber que esta historia alcanzará su fin de un momento a otro, me da una sensación de total tranquilidad.
Se acabaron las peleas internas. Se acabaron los dilemas, los dolores y las esperanzas. Se acabaron las noches sin dormir, y los días intrascendentes.
Ya no voy a vivir por un sueño, ni llorar por los que no pude alcanzar. Ya no habrá reproches, ni remordimientos. Adelante mío está la paz que no pude alcanzar en vida. A ella voy a ir, escapando de cualquier regla y razonamiento que haya incorporado a lo largo de mi vida.
Ya no tengo que preocuparme por la ropa que llevo puesta, ni por agradar a nadie. Tampoco tendré que dar más sonrisas falsas, ni apoyos que no siento.
Ya estoy muerto, y eso me da paz. Es el único camino que encontré para llegar a ella, y no lo voy a abandonar.
Muchas veces había pensado en cómo sería mi final, y mentiría si dijera que no me imaginé este cuadro anteriormente. Solo, vencido, en un cuarto sucio, barato y húmedo, con calles candentes fuera de la ventana hablando idiomas que no entiendo, y con mi ropa como única posesión. Mi ropa y mi revólver.
Me lo había imaginado, sí, muchas veces. Nunca pensé cómo haría para conseguir un arma, ni cuál sería el camino para llegar a este cuadro actual, pero, como siempre me pasó, la imagen real es bastante fiel a la que había ido armando en mi mente a lo largo del tiempo.
Entiendo que pueden existir infinidad de posibles caminos que lleven a una persona a estar como yo en este momento. Un amor o un billete pueden tener las mismas consecuencias en diferentes espíritus. Depende de quien carga ese espíritu, y cómo lo alimentó.
Lo que también entiendo es que, sea cual fuere la razón, el hecho devastador no difiere en el efecto producido en el cuerpo y el alma.
Así, se pueden perder las esperanzas por distintas razones, y todas ellas siempre válidas, por ser quien recibe los golpes el que determina, no concientemente, la gravedad de los mismos.
Si me pongo a observar mi historia desde afuera de mí, encuentro que no tuve una vida trágica, ni mayores problemas, salvo los comunes a todas las personas pertenecientes a un contexto similar al mío. Pero nadie ve más allá de la piel, salvo de la propia. Y mi vida sin tragedias ni mayores problemas es la pared que contiene una pelea sin fin puertas adentro. Dos fuegos en constante lucha por superarse, por querer ser, por conformar, por aniquilarse el uno al otro y ser el rey de este ya arruinado espíritu.
Por eso mi muerte es mi paz. Por eso ya los sueños no son más que algo colorido, sin pasión ni fuerza para hacerme levantar de esta silla y correr detrás de ellos. Por eso ahora recuerdo todo con una sonrisa. Porque se que todas esas cosas que martillaban mi cabeza y arañaban mis entrañas, ya tienen punto final.
Nunca estuve tan tranquilo. Es la primera vez que no siento esa sensación de miedo constante dentro mío, y esa ausencia para mí es felicidad.
Desde que puedo recordar, siempre tuve ese presentimiento de que algo trágico podría pasar cuando emprendía algo. Lo emprendía, finalmente, pero conviviendo con eso.
Cuando miro hacia atrás, veo épocas muy buenas. Me veo enamorado, querido, exitoso y aventurero. Es curioso que la propia imagen que yo creo al caminar por mi memoria, es para mí admirable. Y es una creación sin mentiras. Pura reflexión de lo que fui en vida. Para ser más claro, lo curioso es que, viéndome, y pensándome otra vez como una persona ajena a mí, me admiro y me gustaría ser ese, no este hombre vencido que soy hoy.
Pero ya soy ese. Y lo que ninguna de esas imágenes trae con ellas es esa sensación de miedo al fracaso y al abandono que llevé siempre conmigo. Esa que no siento desde que decidí terminar con mi vida.
Seré uno más que muere entre todos, pero para mi mundo es todo un suceso. Es toda una novedad el pensar en que algo que atravesará mi sien con la velocidad de un rayo va a terminar con tanto dolor vivido, con tanta esperanza siempre viva y con tanta terquedad y fuerza ante la adversidad. Pero así será.
A muchos les va a sorprender mi decisión, y no les pido que la entiendan. Ya no voy a gastar energía en explicar algo tan incoherente a los ojos ajenos como lo es mi realidad interior.
Sí lo lamento por las personas que me quieren de verdad, porque me van a llorar, y van a intentar comprender de mil maneras qué me llevó a esto. A ellos les digo que eso ya no importa. Es algo tan propio como la voz, o la mirada.
También estarán los que me entiendan inmediatamente mientras leen esta carta. Y tampoco lo van a poder explicar a otros, así que supongo que permanecerán callados y ni intentarán hacer razonar a alguien sobre lo que haya pasado.
Estoy parado solo, en una calle en la que me pasan como relámpagos por mis costados años, vidas, realidades, injusticias, alegrías, tristezas, estupideces, sometimientos, logros, felicidades, dolores y gritos.
Adelante mío está el final de esta calle, y por primera vez en 50 años, voy a caminar hacia ese final. Porque ahora entendí que no son más que relámpagos a mis costados. Ningún relámpago nunca se detuvo. Todos siguieron de largo, porque son eso, relámpagos.
Yo voy a ser el primero que se pare delante mío, me mire a los ojos, y me diga con la mirada ‘Yo te entiendo. Yo te quiero’… y me de un abrazo.
El sello final de ese abrazo eterno va a ser un estruendo, y otro relámpago, esta vez real, y de fuego.
Y mi paz.
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