martes, 13 de febrero de 2007

Salsatti para los soñadores desencantados por el ramo diario

Y acá estamos. Donde nunca íbamos a llegar. De golpe todo queda olvidado en los rincones, con polvo y apilados uno sobre otro, de una forma que, al verlos, uno los deja pasar, los desestima, dado que el solo hecho de estar en esa condición le dice a nuestra mente que seguramente se trata de cosas que ya no serán útiles. Y ahí quedan.
En algún momento fueron motor de nuestras emociones. Llenaron de vida y contenido el mar que nos recorre por dentro. Le dieron energía, olas, peces, tormentas, paz. Vida. Todo eso por lo que nos movíamos, y que nos hacía estar, sin darnos cuenta, mirando un punto fijo por un largo tiempo. Una mirada petrificada en un rincón, que a su vez era testigo de todo un mundo por recorrer y vivir. Una mirada que veía colinas verdes interminables, matizadas con los colores de las flores y un león como compañero de aventuras. Un león con el que hablábamos el mismo idioma, porque podíamos hablar con los animales, que nos llevaban a su hogar, la selva, donde compartían con el resto de sus pares el día a día...y con pares no me refiero a la misma especie, sino que era todo de tal forma que todas las miles de especies actuaban como una sola. Y con ellos estábamos nosotros, peleando por la justicia que se les negaba, contra cazadores, contaminación y otros males.
También nos dieron la energía necesaria para ir volando al colegio, o ser invisibles. Nos dieron la energía para convertirnos en leyendas parecidas a Patoruzú o Superman.
Nos convirtieron en personas solidarias, porque nos daban ese impulso necesario para reflexionar e ilusionarse con ser tan admirado y bueno como aquel que veiamos dando el ejemplo.
Y ahí están todos. Apilados, con polvo y viejos. Tapados con una sábana más vieja todavía. Todo eso que era fuego ardiendo en cada rincón de nuestro cuerpo ahora es calma. Falsa calma. Calma impuesta. Lo que era pura energía hoy es sumisión. Y lo que es peor: es una sumisión disfrazada de madurez y conciencia.
Es que está claro. No podían seguir siendo fuego. Para ser alguien, había que extinguir el fuego. Lo que alguna vez fuera fuerza y virtud se ha convertido en algo a erradicar del interior y la memoria, para poder ser. Todo por ser. Si vemos que quienes nos preceden en la vida han tenido que dejar todo eso de lado para ser, nosotros debemos hacerlo también, porque queremos ser como ellos. Queremos ser parte integrante y armónica la red que conformamos. Queremos destacarnos como los nudos más fuertes de esa red, y destinarnos a serlo por siempre, para que todos los nudos de alrededor, al romperse, vean cómo hay uno que se destaca entre los nudos. Y mientras todos están ocupados mirando y admirando eso, debajo de la red corre un rio que viaja a destinos desconocidos. Y el caudal va. Pasa. Nunca para. No sabemos donde va, solo vemos que algunos caen y nunca vuelven. Pero no temamos, porque nosotros extinguimos el fuego porque lo que queremos es pertenecer a la red, y no irnos.
Así, el fuego no existe más. Así nos dimos cuenta, ya llegando al final, que la parte más viva de nuestras vidas está en ese rincón. Nuestra escencia más pura está cubierta de polvo. Todos apilados, y ahora convertidos en algo que nos perturba. Realmente nos perturba. Todo lo que era sueños ahora es una sensación de tristeza que nos rastrilla el estómago desde adentro, recordándonos que antes de que lleguen los bomberos fuimos amigos de un león, viajamos por todo el mundo y conocimos al amor de nuestra vida.